Me hacen feliz

martes, 4 de marzo de 2014

Una frase que hable sobre la libertad.

Vivo en el piso más alto del edificio. Una vez una señora viejita en el ascensor me dijo ‘estás muy cerca de las nubes’. Yo me reí, la quise abrazar, pensé en la seño que me decía ‘bajá de las nubes’ y en cómo bajé, en cómo me estrellé y en cómo hago alitas de papel para ver si a veces puedo volver.

Desde mi balcón veo: un poco de la plaza, la calle, balcones vecinos, árboles que no se ven desde la vereda porque están en los patios de las casas. Mis preferidas son las terrazas. Desde mi terraza vi una lluvia de estrellas con la chica que me gusta. En la terraza fumé porro con mis amigas y les conté mis fantasmas, camuflándolos con el humo.

Desde mi balcón se ven tres terrazas y dos están deshabitadas. A la tercera sale un chico a tocar la guitarra. Yo suelo escucharlo primero y verlo después. Sus acordes me hacen ir al balcón a mirarlo. El me ve y se hace el que no. Es tímido. Es chico. Tiene sus primeras plantitas de marihuana y las mira con amor. A veces se junta con sus amigos. Poco. En general toca solo. Toca pero no canta. Yo lo miro, a veces me siento a mirarlo, me quedo hasta que termine. Alguna vez lo aplaudí sin pensarlo. Creo que se avergonzó. No lo aplaudí más.

Pienso en hacerle un avioncito de papel gigante y que adentro tenga una frase sobre la libertad y tirársela de balcón a terraza. Mis amigos me dicen que no va a llegar. Prefieren desilusionarme con palabras antes que me desilusione con los hechos de una frase de libertad que no llega. Les digo ‘¡y si no llega que baje a la vereda a buscarla!’. Y si no baja. Y si la libertad se pierde entre el gris y los pasos apurados de la gente. Y si…

Cada vez que estoy con alguien y el chico de la terraza sale, le cuento a ese alguien sobre el chico de la terraza. Es una de mis historias de ahora preferidas. El chico de la terraza conoció de vista a las tres personas por las que sentí algo este último tiempo. Esas personas salieron al balcón y lo vieron, contentas de escuchar mi historia. Ninguno de mis amigos conoció a las tres personas. El pibe de la terraza conoce mucho de mi.

Porque conoce mi soledad y yo conozco la suya. Cada una tiene una forma distinta. La de él es su guitarra y la timidez. La mía es no poder mantener una relación en el tiempo por no poder hablar de mis sentimientos. Y una amiga me dice ¿Ah esa chica es tu novia? Pensé que sólo estaban en algo, ¡no me contaste nada!. Y yo pensando que hacía mucho no quería tanto a alguien. ¿El chico pensará en cuántas personas durmieron conmigo estos dos años?  ¿A cuántas las dejé despertarse conmigo en vez de necesitar que se vayan por no poder compartir las caras de dormidos, el desayuno antes de empezar el día?

Y yo quiero romper ese silencio. Ya pasó demasiado tiempo de Milena. Tengo que sacarme su enfermedad contagiosa del silencio. Busco la forma de hacerlo, escribo cartas. Sigo contando historias como la del chico de la terraza, pero no son más para tapar lo que siento, son sólo algo más.


Después de todo ¿de qué me sirve mandar frases de libertad si no puedo permitírmela a  mí misma en el encierro del silencio?

viernes, 21 de febrero de 2014

Las cosas que prestamos.

El momento más triste de una relación es cuando el otro deja de mirarte como lo más especial del mundo, cuando los ojos que brillaban al verte ahora te miran como cualquier ojo mira a cualquier cosa cotidiana. Como estrellas que se apagan y como una persona que las mira apagarse desde la tierra y se siente triste pero no puede hacer nada.

La parte más difícil de terminar una relación es devolver las cosas que te prestaron y recibir las que prestaste. La remera con la que dormías para poder despertarte con ella, aunque ella no estuviera ahí. El disco que ponías cuando no podías escuchar su voz. La guitarra que te prestó para que busques expresarte y así estar un poquito mejor. Su libro preferido para entender un poco más cómo veía el mundo.

Prestar algo a tu pareja es una promesa. No se dice, al veces ni siquiera se sabe. Pero la promesa está. Porque nadie presta algo pensando en que el día en que será devuelto será en un momento de distanciamiento, cuando se termina la relación. Estar enamorada es dar todo, incluso los libros, la remera favorita, lo que sea. Es confiar que al otro podés darle lo que sea, que va a entender su valor y lo va a cuidar.

Y por eso no quiero devolverle sus cosas: porque no quiero resignarme, no quiero pensar a cuántas remeras ajenas para dormir estoy de cansarme, cuántos libros me quedan por prestar, cuántas películas voy a devolver.

Es imposible dejar entrar una nueva remera para dormir si todavía usamos una anterior. Las estrellas que se apagaron merecen un duelo y en el medio las cosas que nos prestamos aparecen como muestra de todo lo que falta transitar. El libro se lee con tono triste, la guitarra saca las peores melodías, la remera ya no tiene su olor, porque ya no podemos recordarlo.

Devolver lo que nos prestamos es confiar en un futuro mejor.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Corazones en los márgenes.

Salir, romperse y terminar garchando duro con una persona desconocida puede estar bueno pero despertarte y que al lado duerma quien es responsable de tus risas, es mejor. El ser humano, después de mucho pensarlo, creo que es potencia. Puede ser lo que quiera. Puede destruirse o ser feliz. Se puede llenar de odio y de ego o puede sonreír todos los días. Depende de tantas cosas como estrellas. Pero puede.

Un día, sin querer, te das cuenta que dejaste de dormir sola. Quizás la persona en la que no podés dejar de pensar no está en tu cama. Quizás está en la facultad cursando y ni siquiera vive con vos. Pero duerme con vos: si cada día que te despertás mirás al lado tuyo de la cama pensando en esa persona que te mueve el piso, entonces no estás despertándote sola.

Y todas las dudas y miedos, ¿qué valen al lado de no dormir sola? Puede costarte confiar, hasta que la ves riendo con vos, hasta que pensás que no existe espacio de esa persona que no quieras tenerlo abrazado.

A veces las cosas que más significado tienen las hacemos sin querer. Hace un rato estaba leyendo y con la fibra que hacía anotaciones me dibujé un corazoncito en el pecho. Siempre que dibujo automáticamente son corazones. Mis apuntes de la facu tienen todos corazoncitos en los márgenes. Podría dibujar flores, o formas abstractas, o siempre dibujar algo distinto, pero sola, sin querer, dibujo corazones. Cuando la mente deja de ponerse trabas a sí misma y el ser se libera, aparece lo que más queremos, más allá del miedo, más allá de la rosca. Y yo lo que quiero son esos corazoncitos, siempre. Quiero que el espacio de mi cama se resignifique, que no sea una extensión de la sábana y el colchón sino ese lugar donde pienso, espero y quiero tener a ese alguien especial.

jueves, 20 de junio de 2013

El pibe de la armónica.


En 2008 yo iba a la secundaria y me juntaba con un grupo grande de gente como se suele hacer cuando vas a la secundaria. En el día del amigo había sol, el día era como un día interminable, se veía el cielo bien azul y yo me sentía más mortal que nunca. Miraba al cielo y miraba al grupo de mis amigos y todo se teñía de algo que no conocía.

Después de comer algo fuimos a la plaza central a tirarnos al pasto. Y nos encontramos con un chico con un cartel en sus brazos, un cartel que sostenía bien alto. En medio de la curiosidad nos acercamos a ver qué decía, leimos un 'Abrazos gratis' y escuchamos que el chico nos decía Tengo fibrones y papeles, pueden hacerse su propio cartel, dar abrazos gratis.

Mi grupo era un grupo de antis. Pero los antis son los seres más sensibles. Todo el negro, el delineador, las bandas depres, todo eso no importaba. Nos había gustado la propuesta e, impulsados por la fuerza de pertenecer a un grupo, hicimos nuestros propios carteles.

El día pasó entre abrazos, risas, gente que agradecía y otra que desconfiaba. Hasta que cayó la noche y ya se iba terminando todo. El último abrazo que di fue porque escuché una música. Era una armónica y yo me hipnoticé como esos animales de los relatos folklóricos. Era un chico sentado en un monumento tocándola, solo. Le dije '¿Qué hacés? Feliz día del amigo' y el pibe me dijo que su único amiga era la música, mirando a su armónica. Le dije '¿Querés un abrazo?' y nos abrazamos un rato. El chico tenía la mirada más triste del mundo. Era como una nebulosa donde no podía verse nada más que el desorden.

Su abrazo me dio miedo. Sentía que su vulnerabilidad podía entender en mi abrazo más de lo que había. Lo solté, le dije 'nos vemos' y me fui. La sensación que sentí era el vacío. Cobardecobardecobarde. ¿Quién era ese chico, por qué su única amiga era la música, de qué estaba compuesta su nebulosa? Las preguntas se sucedían una tras otra hasta que me subí al colectivo y me encontré con una conocida del barrio y hablamos pavadas.

Del día del amigo del 2008 me quedé con tres cosas: las señoras agradecidas, la gente desconfiada y el pibe armónica. El me hizo dar cuenta de mi propios límites a la hora de dar. Yo sólo le podía ofrecer un abrazo, una sonrisa. Después me iba corriendo.

jueves, 2 de mayo de 2013

Imperfecta.


Cuando era chica todos los adultos retaban a sus hijos por escribirse el cuerpo. En el jardín teníamos nuestra trinchera: ahí nos escribíamos y los padres no podían decir nada porque podía haber sido sin querer cuando hacíamos una de las tareas que nos daba la seño.

Nunca pude sacarme esa necesidad de escribirme y dibujarme. A veces un dinosaurio, un corazoncito perdido en alguna parte de la pierna. Palabras que me encantan cómo suenan o qué significa: cosmogonía, nebulosa, efímera. Viejas palabras de las que descubro nuevos significados o palabras que ya existen pero que son nuevas para mí porque no las conocía.

Y una palabra, que siempre vuelve. Imperfecta. Algunos se sorprenden. Creen que es un reproche a mí misma, un resabio autodestructivo de mi adolescencia. Creen que el llamarme a mí misma imperfecta es algo negativo. Y no.

Lo imperfecto, etimológicamente, es lo inacabado. Lo no terminado. Lo que le falta un poquito. Yo me resisto a pensarme como perfecta porque no quiero estar terminada. Quiero siempre tener un espacio nuevo, diferente, o uno viejo que sigue creciendo. Conocer algo que me apasione. No me interesa esa ficción de la terminación: los sujetos se construyen todo el tiempo. Reivindico mi necesidad de no ser perfecta. Porque sino no puedo vivir. Porque sino no me interesa vivir.

Hay un disco que atraviesa toda mi vida, que siempre vuelvo y siempre tiene nuevos significados. Un disco que conocí a los cuatro años y no entendí nada, pero me hacía dejar de jugar a lo que estaba jugando y sólo escuchar, sentada en colihué al lado del parlante, sosteniendome la cabeza. El disco es La hija de la lágrima y en ese disco hay un tema dice no estás completamente inventada, te falta algo, te falta amor.

Nunca voy a estar completamente inventada porque siempre me va a faltar amor. Porque el amor es un vicio, que siempre requiere un poco más. El amor no se conforma y por eso resiste a todo lo que te pueden vender para que te adaptes.

Cuando los que me conocen ven un brazo mío con la palabra 'imperfecta' de lado a lado, se alegran: saben que estuve pensando en lo que me construye, lo que me da fuerza y lo que me hace resistir. Y me abrazan, porque saben que el amor es imperfecto, nunca terminado, siempre un proceso.

jueves, 18 de abril de 2013

La medida de las cosas.


No se dedican las mismas canciones a amores distintos. Pero sí hay canciones diacrónicas, que resisten al paso del tiempo. Hay canciones que nos hacen pensar en nadie y sin embargo hablan de amor. Hay melodías reparadoras. Y también otras que te tiran abajo.

Adicta es una banda que no relaciono con ningún desamor en particular. Y a la vez la relaciono con todos. No sé si Adicta es una gran banda, pero me trasciende. Adicta es la medida del bajón. Hay momentos en que tengo que dejar de escuchar Adicta, porque me destroza.

También hay momentos en que puedo volver a escuchar sus temas, como si nunca hubiera existido un pasado en que me hacían llorar. Adicta es la medida de qué tan bien estoy, es un parámetro de lo que difícilmente pueda ser estimado. Si me siento mal por un desamor pero no puedo llorar, descargarme hasta el final, pongo Adicta. Y lloro. Mucho.

Hoy hice la prueba de fuego. Puse Adicta en los auriculares mientras caminaba por la ciudad. Y no lloré.

Hoy estoy un poquito mejor.

lunes, 1 de abril de 2013

Rituales para vivir, rituales para no morir.


Los rituales son necesarios. Son el corte del tiempo común, ordinario, automatizado, para entrar en uno nuevo, diferente, lleno de significado. Hacemos mil cosas en el día. Las hacemos porque hay-que-hacerlas: ir al súper, pagar las cuentas, cursar, trabajar, manejar. Así, de repente, nos encontramos al lado de la alacena sin acordarnos qué queríamos hacer. Eso nunca va a pasar con un ritual. En el ritual hacés sólo lo que estás haciendo, disfrutándolo en todas sus dimensiones. El ritual es dejar de lado lo asfixiante de la rutina para entrar en un tiempo paralelo donde la conexión es lo único que importa, el exterior y el interior siendo uno solo.


Ser ni-dios- ni-patria te puede alejar de los rituales: sin fechas patrias que festejar, sin misas con dioses a adorar. Podés ser un robot racional carente de magia. Podés moverte en el mundo con motivos para todo, con certezas y sin dudas, nunca llegando tarde por saltar sobre hojas secas de otoño. 


Pero ser ni-dios-ni-patria puede hacer que busques tus propios rituales. Que no aceptes los ya dados y sólo puedas sumergirte en los que sean propios. El ritual en su máximo exponente.


Yo soy de las que buscan sus propios rituales. Un té con su calorcito que te cambia el día. Esperar a mis amigos con una torta. Buscar un momento para dibujar pavaditas en un cuaderno. Improvisar canciones a capella de ritmos simples para demostrar mi amor a seres queridos y perros callejeros. Salir un rato a mirar por el balcón y llenarme de todo.  Aprender a hacer cosas nuevas, mirándolas como un niño que se maravilla ante la realidad.


El ritual es resistencia. No tiene utilidad práctica. No hay apuros. Hay aquí y ahora, la expresión máxima de los sentidos. El ritual siempre puede estar, porque puede durar cinco minutos, una hora o medio día.


Llevo las valijas medio vacías, para que cuando todo tire para abajo no estar atada a nada. Llevo el corazón casi lleno: siempre que está lleno creo un lugar más, para poder atesorar cosas nuevas. Siempre estoy dispuesta a incorporar nuevos rituales, para vivir mi existencia lo mejor posible. 


Me gusta ser un poco tonta y un poco loca. Que se contagien con mi risa. Me gusta conocer qué les gusta a mis seres queridos y hacer todo lo posible para que lo tengan. Como también me gusta conocerme a mí misma y llenarme de rituales.


Siempre vamos a tener el momento en que nos paralizamos al lado de la alacena sin saber qué queríamos hacer. Por eso siempre vamos a necesitar los rituales: para llenar nuestra existencia de un sentido que no puede ser descripto, el sentido de libertad que no se explica pero se siente. Y yo quiero sentir, porque ya tengo muchas cosas para explicar.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El frío.


Empiezan a hacer los primeros días frescos, me invitan a andar en pantuflas, a ponerme sweaters y tomar té. Empieza la temporada de las mantitas y las comidas calóricas. La birra le deja un poco de lugar al vino. Vuelve el clima de las películas y los libros, las duchas calentitas, poner las manos cerca de la hornalla donde reposa una pava.

Siempre me sentí más identificada con el frío que con el calor. El calor es lindo, pero nunca pude hacerlo mío. Calor es pileta, socialización impuesta, las chicas que parecen de revista o de tele. El calor lo siento como importado. Si pienso en calor no me viene la imagen de Ecuador o México sino chicas gringas de la costa este. Y yo no soy eso, ni pretendo serlo.

Soy una persona de jungla asfáltica. De gris más que verde. Circunstancialmente. Empecé a tener plantas, les puse nombres, personalidades, les hablaba. Y después me enteré que algunas de ellas iban a morir con el frío. Que eso significaba ‘de estación’. Yo no lo sabía, como no sabía cómo mi abuela podía conectarse tan profundamente con una planta.

El frío es lo que me identifica pero también es dejar ir a esas plantas que tanto me acompañaron. El frío es combatir con la idea de que necesito a alguien haciendo cucharita conmigo para poder dormir más feliz. Me acuerdo que leí por ahí que cuando se te va tu objeto de amor, lo mejor que podés hacer es esparcir ese amor por el mundo. El frío me mandó una tarjetita de invitación a liberar a mi amor.

Un amigo siempre me decía ‘el frío no existe, es la ausencia de calor’. ¿Cómo no va a existir si yo lo espero, lo quiero, si me desafía a autosuperarme, si el frío se siente como la piel de gallina que pide a gritos un abrazo? El frío existe y qué bueno que existe.

viernes, 1 de marzo de 2013

Carpe diem.


Entre los 13 y los 18 años me encantaba que me dijeran que tenía una re cabeza y que era muy madura para mi edad. Eso quería decir una sola cosa: pensaba, y pensaba mucho. En esa necesidad adolescente de sentirme diferente al resto sentía que el pensar tanto me hacía única y hasta mejor. Pero no.

Entre los 19 y los 20 me rescaté que mis crisis constantes se debían a que pensaba demasiado. Era mi forma de vida. Sobreanalizaba cada pequeña cosita, de todo un mundo, infinitas posibilidades pensadas pero ninguna realizada. El pensamiento, al ser un exceso, se convertía en un impedimento para la acción.

Pensaba tanto que de repente sentía que tenía que parar. Entonces me drogaba con lo que encontraba y quedaba en blanco unas horas, mirando la nada, olvidando todo. Y así todo el tiempo.

No, pensar no te hace mejor. No pensar tampoco. Poder entender a Nietzsche al costo de no saber relacionarte con la gente...no es negocio. Entonces conocí la meditación Zen, el buddhismo y a los tibetanos. Lo que puede conocer de ellos una persona nacida, criada y viciada del pensamiento occidental.

Algo tan simple como pintar un mandala tiene una finalidad gigante. Se busca dejar de tener pensamientos al pedo. La meditación te lleva a acallar las voces estresantes de la mente. Te conecta con lo que hacés, sin mediación de ideas que no sirven de nada.

No es lo mismo pensar a Nietzsche que rosquear. Ese era mi gran problema: no lo entendía. Ponía todo en una gran bolsa y creía que estaba bien. No diferenciaba nada de nada. Mi gran hallazgo fue encontrar una filosofía que te decía que no pienses, pero diferenciando qué cosas necesitan ser pensadas.

Lo cierto es que antes nunca estaba en ningún lado. No estaba tomando unos mates con mi vieja porque mi mente iba por otro lado. No estaba viendo una peli porque mi cabeza se auto bombardeaba de pelotudeces. Rosqueaba hasta cuando lavaba los platos.

Si plantás, tenés que sacar la maleza. No todo pastito es bueno. Para que te crezca un tomate y después poder cosecharlo y hacer una ensalada, es necesario como uno de los primeros pasos sacar las malezas. Para que pensar sirva tenés que extirpar los pensamientos bloqueantes. Eso no significa dejar de pensar sino aprender a pensar mejor.

Para mí el carpe diem era lo que estaba acostumbrada a hacer, por ejemplo, romperme en una fiesta. Después entendí otros matices. Cuando me rompía, me alejaba del carpe diem, porque no aprovechaba al día, no burlaba a la muerte, sólo apuraba al reloj y me alejaba de mí misma.

Carpe diem, hoy, es otra cosa. Si riego las plantas, riego las plantas. No pienso de más. Vivo eso en todas sus dimensiones. Me comunico con las plantas. Les hablo o no, no todo es lenguaje articulado. Cuando tomo mates con una amiga, la escucho. La miro. Le digo sólo lo que es importante que sea dicho. Vivo ese momento como si fuera el único.

Quiero romper con la automatización. No quiero más estar bañándome y no saber si ya me puse el shampoo, por estar en otro lado y paradójicamente en ninguno. Quiero que cada cosa de mi vida sea valorada como tal.

Cada tanto entro en la rosca del exceso de pensamiento, o dejo de carpediemear. A todos nos pasa. Lo importante es siempre volver. No importa si ayer te dejó tu ex. Hoy estás viva. Hoy sabés que leer un verso en un poema puede ser todo. Y eso es lo que importa.

sábado, 16 de febrero de 2013

¿Cuál es tu película preferida?


Preguntar cuál es tu peli preferida no es una banalidad. No es una pregunta más. No son palabras de relleno. Saber cuál es la peli preferida de quienes te rodean te hace saber mucho más de los otros de lo que puede parecer.

Diálogos o acción, nacional o extranjera, cine independiente o masivo, música genérica o muy pensada. Cada detalle hace a la elección. Mi amigo Pedro prefiere a las de acción. Porque él es un tipo de acción. Se aburre tremendamente con las pelis que yo veo. Me dice que en esas pelis no pasa NADA y para mí pasa TODO.

A mi ex le gustaban las pelis de Woody Allen. Podía mirar cinco veces seguidas la misma peli. A mí no me pasa eso, me quedo pensando en la peli que vi, sí, pero no necesito seguirla mirando. Lo que importa, para mí, es cómo sigue resonando en mi cabeza un rato después. Para ella lo importante era poder captar cada mínimo detalle y darle una significación nueva.

Lucía, una compañera de la facultad, es amante del cine clásico. Yo no entiendo nada, pero me encantan sus análisis, cómo ella rastrea los detalles en pelis nuevas que hacen referencia a pelis viejas, como una arqueóloga del cine. Yo no le puedo aportar nada, pero me gusta tener otra visión, me gusta saber tanto de ella en su forma de aproximación a algo tan masivo como el cine.

Un personaje que Milan Kundera decía, en La insoportable levedad del ser, que habían pelis para ver de día y otras para ser vistas de noche. Yo nunca había pensado cómo clasificaba a las películas. Después supe que podía agruparlas en las que encuentro en la tele y no puedo no verlas y las que necesitan que las vea desde el principio, tranquila, sin interrupciones, con algún ritual dando vueltas como tomar mates.

Qué pelis mira una persona es uno de esos rasgos que pueden ser conocidos. Desentrañados. Se puede racionalizar. Yo necesito esas cosas que puedo decir el por qué. Porque después hay un montón de otras cosas que no puedo dar el por qué. Por qué sigo enamorada de mi ex, que me sacó de su vida. Por qué no puedo mirar pelis de Woody, aunque pueda irme acostumbrando a esta realidad donde ella no está más presente. No puedo responder esas preguntas, por eso busco responder otras.

El mundo está lleno de preguntas sin respuestas y de múltiples respuestas a una misma pregunta. Nunca tuve una respuesta para toda la vida. Tampoco la quiero. Quiero, simplemente, seguir buscando responder lo que puede ser respondido y olvidarme de lo que no me sirve de nada preguntar.

Como por qué mi ex me sacó de su vida.

sábado, 9 de febrero de 2013

No colecciono, vivo.


Siempre me dieron pena las cosas en vitrinas. Cada juguete que tengo no tiene su empaque original, pero tiene felicidad. Mis manos del tamaño de un niño y con las ganas de jugar que tiene un niño los toman y juegan. Los juguetes viven cuando los usás y mueren un poquito más cada minuto que pasan encerrados para ser vistos.

Lo mismo pasa con los libros. Me caen mal los libros puestos sólo para ser vistos. Mi tío para su oficina compró libros por metros, tapas todas iguales color bordó con letras doradas, pero páginas jamás leídas. Y eso que los libros pueden ser hermosos y además vivir. Prefiero un libro que puede ser perdido por haberlo prestado que un libro aburrido en mi biblioteca. Prefiero un libro escrito en su interior, pero con vida, a uno sacralizado que se mantiene como si nunca hubiera pasado nadie por ahí, como si uno pudiera permanecer inmutable cuando otra persona lo recorre. 

Hace poco dejé bien a la vista y a mano mis crayones y fibras. Mis amigos vienen y dibujan. Inauguré un cuaderno para eso. Las hojas más felices son las que son dibujadas, escritas, convertidas en avioncitos que se tiran con un mensaje de amor, como en el peli Los amantes del círculo polar. Pienso en las pobres hojas usadas por la burocracia. Qué triste ser árbol muerto para cumplir la finalidad de informar el importa en dinero que hay que pagar este mes.

Años atrás compré una bolsa de soldaditos. Quería ponerlos en fila en una estantería, porque eran lindos. Pero supe que era mejor que, como soldados, vayan afuera por sus aventuras. A mis amigos les regalé un soldadito, para que los cuide. Uno fue comido por un gato, otro perdido en una noche de borrachera, uno habita en una cartuchera de facultad y a otro lo pusieron en la parte de adelante de la bici y vio un mundo que no existía en la estantería.

Me encantan las verdulerías. Cuando voy me quiero llevar todo. El placer estético de ver esas frutas y verduras continúa cuando las cocino y las comparto con alguien en una cena. Miro mis plantitas de tomates, dando sus primeros frutos y les agradezco mucho y como unas ensaladas con otro gusto.

Cuando me preguntan cuántas veces me enamoré, a cuánta gente amé, no puedo responderlo. No puedo coleccionar cosas, menos podría coleccionar gente. Si me preguntás por mis juguetes, qué sé yo sobre mis juguetes: existen en esas ganas de jugar o cuando los veo y me sacan una sonrisa. Todo existe en el momento en que lo llevás a cabo, o lo disfrutás, o lo pensás o lo decidís. Un libro que nadie lee ni a nadie le importa que exista ni hace feliz a nadie, no existe. Un amor que no es presente, pasado y futuro al mismo tiempo, no existe.

No me pregunten a quién amé. Preguntenme si en este momento estoy amando, independientemente del quién o del qué. Y les voy a responder que sí.

lunes, 14 de enero de 2013

La vida que pasa.


Hace unos días hablaba con una compañera de trabajo sobre la escena de Amélie en que encuentra un juguete y busca a su antiguo dueño, ese niño del pasado que aún vive en alguna parte de ese adulto del presente. Hablábamos de cuánto nos gustaría hallar algo así y hacer de heroínas anónimas que rastrean a un niño que lucha por sobrevivir dentro de un adulto.

Me quedé pensando en ese tema, en los hallazgos inesperados, esos que te cambian el día. Las dos sabíamos que la posibilidad de que pasara algo así era bastante escasa. Aunque ambas alquilamos, no hallamos nada así. Le conté de cuando encontré, en el taparrollos, una petaca y que imaginé una persona alcohólica como en las películas que esconden sus petaquitas por ahí. Pero no, lo más probable es que quienes hicieron el taparrollos se hayan tomado una para celebrar que terminaron el trabajo y la dejaron ahí.

Sin embargo, por mínimo que fue ese encuentro, por banal y poco poético, me gustó. Hallé algo que no sabía que estaba. No lo busqué, apareció solo y me hizo imaginar una historia. Como esas personas que aparecen en la calle con una sonrisa y te sorprenden porque en el centro nadie sonríe y después te dan ganas de sonreírle a todo el mundo, creando tu propia historia.

Seguí pensando, porque soy una persona que no se saca fácilmente algo de la cabeza, y me acordé de un día que encontré, hace ya unos años, un subtepass que detrás tenía una poesía anónima, simple, del momento. Me sorprendió, me quedé pensándola y es el día de hoy que la recuerdo.

Como mi compañera de trabajo  y como yo, seguro hay mucha gente más que quiere ser sorprendida, que quiere una sonrisa o un pensamiento que perdura. Decidí dejar de esperar ser una receptora y empezar a ser emisora. Cuando voy a una casa, dejo algún papelito escondido, ahí donde el dueño no espera encontrar nada. En los colectivos copio una frasecita que me acuerde en el momento. En la calle cuando me reparten algún volante lo guardo en la mochila y los días de lluvia lo convierto en un barquito que dejo en los charcos al lado de los cordones, o un avioncito en las ventanas de las casas los días de sol.

Decidí dejar de esperar que las cosas pasen y empezar a hacerlas pasar. Ya no espero que una persona me haga amar, ahora amo todo. Cada plantita cuando la riego, cada perro que encuentro en la calle y lo acaricio, cada momento que decido vivir y valoro mi libertad.

Cada momento que no amo la libertad que uso para hacer lo que quiero es un momento que no vivo. Y a mí me encanta vivir, mientras tomo unos mates y miro las nubes por la ventana.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Seguridad emocional

A veces me canso de estar sola, de esperar una relación. Pienso que fácilmente podría presionarme a sentir algo por alguien. Podría conformarme, tener unas charlas y dormir a su lado y que eso sea todo. A veces para escribir un poema es necesario sólo proyectar. Para olvidar a alguien a veces se puede, simplemente, meter a otra persona en el casillero de la mente ‘persona que me gusta/persona que amo’.

Pero no, no puedo. Estar sola me cuesta una banda. A veces me encuentro con alguna amiga y me pregunta ‘¿Estás con alguien?’ y al responder que no me pregunta por qué. Y es difícil de explicar que preferís estar sola que conformarte. Porque si, no encontrás gente con quienes no sientas que te conformás.

Otras veces alguna amiga quiere que nos juntemos con nuestras parejas. Salida de a cuatro. Se da por entendido que si tenés cierta edad, estás en pareja. No importa si bien, mal, si conectás o no tenés un sólo gusto en común. ¿Cómo no vas a tener en números free a tu chica o chico? A alguna gente le cuesta más entender que preferís estar sola que leer sobre física cuántica.

A veces salgo a tomar una birra con alguien, aunque sepa que no me gusta, aunque sepa que no me va a gustar. Pero salgo igual. Caigo en la lógica de la inseguridad emocional. A veces salgo a un boliche y me siento estúpidamente bien cuando alguien se acerca a decirme que soy linda. Sé que es sólo una estrategia para su inseguridad emocional, chaparse a alguien, quizás pegar garche. Pero la inseguridad emocional es así de pelotuda: puede sentirse feliz con una mentira tan tonta como ‘de toda la gente que podría haber chamuyado, me chamuyó a mí’.

Y también está la otra estrategia fácil de la inseguridad emocional: seguir en pareja con quien no te ama. Volver a buscar a alguien que te lastimaba. Relaciones interminables, enfermizas y simbióticas. Todo para tener a alguien a quien abrazar a la noche, aunque te lastime de día.

El precio de la seguridad emocional es la felicidad. No es para siempre pero cada paso que te adentrás, el camino de salida se hace más difícil. Cuando lentamente y sin darme cuenta voy cayendo en esas cosas, necesito parar, mirar a las parejas de alrededor y retomar el camino que elegí. Cuando me enrosco con eso, mejor un poquito de realidad, sentar cabeza y ver qué es lo que quiero. E ir a revolver libros usados a ver qué me sorprende.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Alejarse del otro a veces es acercarse a uno. O no.


Escribo cuando se me atoran las palabras en la mente, en la garganta, en los dedos y en las manos; escribo para poder lograr un poco de libertad, para sentirme más liviana. Hoy escribo por mi marginalidad, esa que no me deja encajar en casi ningún lado, la que me diferencia en tantos aspectos de tanta gente.

Desde chica viví en los márgenes. Mamá me quería poner, como a todas las nenas, hebillas en el pelo, que lo tuviera largo y hermoso. Pero yo no quería. Me sacaba las hebillas. Me rebelaba ante lo femenino que me imponía sacrificar mi comodidad en pos de ser linda. Yo sólo quería jugar con mi hermano, armar pistas de carrera en el patio, correr atrás de mi perra; divertirme. No me importaban ni los vestidos ni las Barbies ni el pelo. Mamá lo aceptó y mi infancia fue de corte casquito cual varón. Eso, y los mejores juegos y toda la imaginación del mundo.

Ahora sigo igual. Cuando dicen que la gente no cambia, un poco les creo. Se cambian ciertas cosas y otras se mantienen. No puedo ir contra mi marginalidad. Empecé una carrera con mucha física y matemática, me resultaba tan fácil pero no me llenaba. La dejé, empecé una que nada que ver, me cuesta un montón pero me llena. Hago oídos sordos a quienes me dicen que me cambie a una institución más fácil. No me interesa un papel.

Prefiero ir a un cinedebate que salir a bailar. No me interesa tener el pelo largo, brillante y sedoso. No uso tacos porque me incomodan. Tengo muy pocos amigos pero los amo mucho. Me importa más el ancho de mi sonrisa que el de mi cintura.

Me reúno con gente igual de marginal que yo. Me enamoro de las libertades. La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas. La frase de Kerouac identifica a quienes me rodean y quisiera yo misma ser identificada con esa frase.

Y en toda la marginalidad, siempre hay algo común. Como ser humano puedo entender a los otros y ellos pueden entenderme. En cada lugar hay un puente. A veces te entendés tanto que el puente que construís es fuerte, con vigas, con hormigón y sostenes por todos lados. A veces el puente es precario, de maderas rústicas, le faltan partes y tenés que ser muy cuidadosa para transitarlo. Pero el puente siempre está, a veces no podés comunicarte con palabras y lo hacés con la música, los dibujos, lo que tengas a mano. Otras veces el auxilio es la mirada. Y hay otros puentes con materiales que esperan ser conocidos.

Me niego a no seguir intentando puentes. Ante cada cosa, el intento, sea una abuela que quiere encajarte en los moldes, una opinión que no puede aceptarse o una dificultad tan grande que se la pasa tirándote abajo los palitos de ese puente. Mi punto de partida siempre es la marginalidad, la partida es el lugar seguro. A dónde voy no sé, lo importante es seguir construyendo puentes, buscando caminos. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

Amar - Conocer


Roland Barthes dice, en Fragmentos de un discurso amoroso, que en el abrazo con la persona que amás está todo ‘suspendido: el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere; todos los deseos son abolidos porque parecen finalmente colmados’.

Mircea Eliade dice, en Mito y realidad, que al leer entramos en un tiempo distinto al de todos los días, como se hacía en el mito, que se desprendía del tiempo común, pagano. Al leer una historia el tiempo ‘real’ queda suspendido. El tiempo, como el abrazo, es una rebelión contra el tiempo que nos imponen, ese del capitalismo, tiempo es dinero y si no estás haciendo dinero estás perdiendo el tiempo. Amar es, para esa concepción, perder el tiempo. Amar es, para mí concepción, aprovechar el tiempo. Exprimirlo. Como el Carpe diem. El más lindo de todos.

Pier Paolo Pasolini empieza un poema diciendo ‘Sólo el amar, sólo el conocer/ importa, no el haber amado,/ no el haber conocido’. Amar y conocer son actos que importan en infinitivo. El pasado no existe. El infinitivo también es un rebelde. Amar y conocer están en un mismo plano, es imposible amar sin conocer como es imposible conocer sin amar. El infinitivo no distingue persona, número ni tiempo. Toda persona puede amar, toda persona puede conocer. No importa cuándo. Importa el qué.

Cuando amás, cuando conocés, no podés hacer más que eso. No existen otras cosas. No pueden existir y ahí está el esfuerzo de amar y conocer y también su recompensa. 

Todo el dolor vale la pena. 

lunes, 22 de octubre de 2012

La malo.


Volver a estar sola no es tan malo. El ‘tan’ está de más. Reformulo: volver a estar sola no es malo. Ya tuve una ruptura que la viví como lo más dramático del mundo. Ahora no quiero más eso. Quiero reconciliarme lentamente con todo. Quiero hacer cosas nuevas. De repente tengo mini cactus en la casa. Voy explorando el mundo de las plantas que siempre me pareció un mundo femenino adulto. Todo empezó con las plantitas de marihuana y se volvió más complejo, devino en una relación armoniosa con la naturaleza, o al menos lo que me posibilita de naturaleza el hecho de vivir en una gran ciudad.

Aprendí a tejer. No espero a nadie, no soy una Penélope destejedora. Tejo y no sé hacer mucho, llené a mis amigos de bufandas y se ríen porque el invierno ya pasó y llegué tarde en regalar bufandas. Se ríen pero guardan las bufandas, todos sabemos que es mejor ser previsor con los fríos por venir. Les hago bufandas de los colores que les gustan y es tan simple saber un color, siento que en cada movimiento de tejido voy poniendo algo de nosotros, no mío, soy yo pensando en el amigo al que le voy a regalar la bufanda, somos dos indirectamente.

Un día salí y me puse a hablar con un chico. Me gustó y nos dimos unos besos. Bailamos y todo estaba bien y nos fuimos a casa. Siguió estando bien. Eso, cuando no estaba soltera, no podía hacerlo. Cuando me gustaba alguien y se daba naturalmente, de golpe tenía que frenarlo todo. Y estaba bien, pero también está re bien escuchar una nueva voz, encontrar un nuevo cuerpo, descubrir otros territorios.

El chico dormía en mi cama, despatarrado como dicen que duermen los chicos. Yo estaba medio en pelotas en el balcón, mirando la ciudad, eso que paradójicamente me hace perder de vista todo, pensar en lo efímero. Fumaba un pucho y eso contemplar era todo. No había más. Una ruptura puede ser eso. O puede ser romper todo de la bronca que no se puede contener. Hoy, para mí, es la segunda. Lo efímero, lo nuevo.

Amaso un pan para el desayuno. Vuelvo un rato a la cama y le hago mimos a ese desconocido. Me sorprende que los cuerpos se entiendan más que las mentes. No quiero entenderlo. No puedo entender todo. Tengo que ponerle límites al ego y a la necesidad de conquistar cada parcela del mundo a partir del conocimiento. Necesito que me basten unas caricias que hacen bien y un pan levándose en la mesada. Lo necesito y lo tengo. Una ruptura no tiene por qué ser tan mala.

sábado, 25 de agosto de 2012

Vos tan Neil y yo tan Yuri.


Mile, hermosa, te escribo este mail porque no puedo más. Tanto silencio me hace mal. Ya sé que se pasó mi momento para pedir explicaciones. Lo sé y me arrepiento de ser tan tonta. Pero no puedo cerrar la historia si no puedo saber qué pasó. Intento, pero no puedo. Me serviría que me dijeras ‘nena, no te quiero más y lo que pasó fue una excusa para terminar todo’. Me destruiría, obvio, pero hoy prefiero la destrucción a este silencio, esta incertidumbre.

Ese mail, cortito y estúpido, es todo lo que pude escribir en meses. El silencio es abrumador. Ahora entiendo a toda la gente que me dijo que antes escribía pero ya no. Es muy fácil dejar de escribir, aunque escribir en algún momento haya sido tu vida, aunque no pudieras imaginarte sin escribir.

Quiero una mirada esperanzadora pero parece que no está en mis ojos. Escribí dos párrafos y los dos son tristes. Quizás decir esto sea muy siglo XVIII pero quizás no importe cómo quiera ver yo las cosas y las cosas son tristes y no puedo captarlas de otro modo. No es que no disfrute de las pequeñas cosas, las charlas con amigos, las risas tontas, las comidas ricas, el vino, el humo. Sólo que nada de eso me sirve para escribir. Nada de eso trasciende. Cuando tenés algo tan grande como el amor de una mujer querés algo así de gigante para siempre. ¿Dónde quedó mi amor por la instantánea, lo intrascendente?  A veces te quiero tanto que te quiero putear. ¿Qué me hiciste Malena? Y no puedo escribir nada sin pasar a la segunda persona, a hablarte a vos, todo me lleva a vos, aunque quisiera escribirle a la nada.

El otro día ví un video de Yuri Gagarin. Era de esas cosas que detestabas ver, que para vos no decían nada, que eran largas al pedo. Era una cámara mostrando lo que el veía, lo que él decía. El primer hombre fuera de órbita. La fascinación de ver, ver desde otro lado. No lo entenderías. A vos te interesa más Neil Armstrong, que no miró sino que tocó. Siempre estuviste en un plano más práctico al mío. Yo quería saber, conocer. A vos no te interesaban esas cosas si no tenían un fin que fuera algo más que el fin en sí mismo. Yo no quiero conquistar la luna, no quiero poseer nada, quiero ver la Tierra desde afuera, estar un poco menos lejos de las estrellas, flotar. Vos querés dejar tu huella en la luna. Vos dejaste tu huella en mí. Y yo fui algo que rondaba por ahí, ni siquiera un satélite, una cápsula con una personita adentro. No me hagas caso, estoy dolida, cuando estoy dolida digo cosas feas, que no siento, pero que pueden lastimar.

No tengo nada en realidad que escribir. Sólo fragmentos de lo que me supera. Ideas sueltas. Tan Yuri, tanta necesidad de entender tu órbita. No quiero que me toques, Milena Armstrong. Si te veo me vas a besar. Por eso no quiero verte. Por eso no me animo a decirte que me expliques en persona todo lo que pasó. Las huellas de la Luna no se borran y en mi cápsula tengo el oxígeno que necesito. Si estoy más tiempo del que puedo estar, me muero. No quiero morirme, Milena, no ahora. Perdón por tanto dramatismo, es que todavía te quiero y perdí mi capacidad de entender las cosas. De fondo suena je ne t’aime plus, mon amour, je ne t’aime plus, tous les jours. Quisiera que fuese lo que siento, pero es sólo la canción que estoy escuchando. 

viernes, 27 de julio de 2012

La indigencia y el limbo.


Te dije chau como le digo chau a cualquiera. Pensé en eso un día que volvía con unas bolsas de frutas recién compradas en un puestito barato de la calle. Caminaba pensando en mis cosas, que en ese momento seguro sería una canción cursi, cuando vi a un indigente en la entrada de un edificio. En mi barrio no había indigentes, porque no había edificios. Me acordé de vos que siempre viviste en el centro y te acostumbraste a ver gente viviendo en las calles. Yo nunca supe cómo manejar eso. Me acuerdo que te reías porque si ibamos de la mano yo no me daba cuenta y te la apretaba más. Y si se trataba de un niño mi cara rozaba el llanto. Me acusabas de ser demasiado sensible y yo te decía que lo tuyo era un mecanismo de defensa para que no te afecte, porque tantos años viendo eso podía hacerte muy mal. Me comprabas gomitas para que me ponga mejor. Y yo sólo con eso me ponía mejor, qué bien sabías qué gomitas quería...

Pero esa vez vi al indigente sola. Casi que paro. Siempre me decías que no hable con los indigentes, que se sentían inferiores y te puteaban. Yo te decía 'Mile, son personas' y vos me mirabas como un padre que mira a su hijo, un hijo que no le cree que la gente ponga piedras en los montículos de arena de la playa y que por eso tenés que tener cuidado de no saltarles encima. No, al final no paré ante el indigente, sólo seguí caminando. El me dijo 'chau' y yo no pude mirarlo a los ojos porque los tenía llenos de lágrimas. Saqué una banana y una mandarina de las bolsas que recién había comprado, se las di llorando, o sea, me caían lágrimas pero yo no sollozaba, me hacía la que no pasaba nada. Lo miré a los ojos y el también lloraba. Me fui corriendo. Y después pensé en que nos merecíamos un abrazo por compartir el llanto.

Ahora no tengo quien me compre las gomitas que me gustan. Tengo el recuerdo de tu marca de cigarrillos, que siempre me parecieron muy fuertes. A veces miro tu número en mi celular y pienso en llamarte. Tengo música en mi compu que la bajaste vos para que la escuchemos juntas porque mi música no te gustaba mucho. Pienso seguido en vos. Siempre me decías que pensaba demasiado. Y siempre supe que tenías razón. No sé cómo no pensar. Mi vieja se quedó con el manual de uso que venía conmigo. Vos parecías intuir qué decía ese manual de uso y me tratabas bien. Después un día hiciste algo que el manual de uso decía específicamente de no hacer y se averió todo.

Camino mucho, eso me hace no pensar. No tengo el manual, pero busco la forma. El otro día cruzaba una plaza y vi a una chica leyendo. Me hice la que no sabía una calle para sacarle charla. ¿Debería contarte esto? Ella estaba leyendo a Kundera. Me acordé de vos, que sólo habías visto la peli de La insoportable levedad del ser y yo sólo había leído el libro. Le hablé un poco a la chica del libro. Pavadas, ya sabés. Me gustó esa chica, pero no me animé a pedirle el número. Después me agregó al face, no sé cómo me encontró pero es así, siempre todos se conocen con todos. La dejé en lo que tu hermano llamaba 'el limbo', ahí donde ni aceptás ni rechazás la solicitud de alguien. Ahí donde estoy ahora yo, no en face, en todo, un limbo, ni bien ni mal, espero, no sé qué.

Caminando también me pasó que me crucé con un compañero tuyo de trabajo, Matías. Me saludó, se acordaba de mí de ciertas cenas a las que me has llevado. Me dijo 'qué pena que cortaron' o algo así. No lo escuché mucho, estaba prestando atención a un pajarito que intentaba armar el nido y el viento le tiraba los palitos a la mierda. Pensaba en el pobre pajarito. Matías hablaba. Creo que me dijo que te vas a investigar dos años a Bélgica. Quisiera llamarte, felicitarte, pero me da miedo decirte que te vengas a tomar un vino y todo se termina yendo a la mierda como los palitos del pájaro, porque no puedo permitir que se vaya todo a la mierda, estoy empezando a hacer méritos conmigo misma para salir del limbo y que eso no me lleve al infierno. 


martes, 8 de mayo de 2012

Sigo prefiriendo arder.


Los lentes los uso todo el tiempo porque tengo miopía. Alguna vez, miti en chiste, miti de verdad, dije que mi miopía era una continuación de mi forma de ver al mundo: nada tiene límites claros, no hay líneas divisorias, es difícil ver dónde termina algo y dónde empieza otra cosa, no existen blancos y negros. Pero la mayor parte del tiempo tengo que usar los lentes, sino me pisaría un auto en cada esquina, no reconocería ni a mi vieja en la calle, me perdería de acariciar perros, me asustaría con cada bolsa de basura que esté tirada...

Cuando llueve y voy caminando por la calle no me queda otra opción que sacarme los lentes. Vuelvo a ver al mundo con mis ojos como lo veo en mi mente.

Así como a veces me saco los lentes y veo con mis ojos al mundo de otra forma, a veces mi mente no puede analizar como antes, los grises se agotan y necesito definirme por blanco o negro. Las decisiones más importantes, los posicionamientos más personales, esos exigen blanco o negro.

Sentada en ese café, me saco los lentes ante la mina de los tatuajes. La quiero ver sin vidrios en el medio. Le digo, ya sin rodeos, lo que quiero decir. Y es eso, que necesito un blanco o un negro, que ya no puedo soportar ser la persona que se violenta ante quien ama. Y la única forma de dejar de sentir eso es cortar la relación. ¿Por qué me violento? Porque me sentí abandonada. Y remarla, meterle onda, laburarla o cualquiera de esas expresiones no pueden hacer nada al respecto. El abandono siempre deja cicatriz. Y para que cicatrice algo, hay que no tocarse la herida, no sacarle la cascarita. Seguir la relación sería sacarle constantemente la cascarita. Una relación no es una lastimadura, ya lo sé. Pero duele. Y más, mucho más. Pero más duele dejar de amar de a poco y recuerdo esa frase que tanto amaba en mi adolescencia que decía que es preferible arder que apagarse lentamente. 

Milena, de vos no quiero más que amarte. Y lo que tengo ahora es la violencia que me generó esta situación. No puedo amarte así. No puedo permitírmelo a mí misma, ni puedo permitirte a vos que te conformes con esto. Chau Milena, siempre vas a ser mon amour, mi minita de los tatuajes.

sábado, 14 de abril de 2012

Milena.


A veces pienso mundos paralelos. Ahora, que empiezan a alargarse las noches, sueño con un mundo en que las noches sean los días y los días sean las noches. Que nos levantemos a las siete de la mañana, siendo de noche: ese airecito particular otoñal lo disfrutaríamos de otra manera. Dormiríamos cuando sale el sol. Sueño con la imposibilidad. Después me golpea la practicidad: ese mundo otoñal nocturno sería contraproducente. Los sueños se escapan de lo práctico, por eso son sueños.

Milena, quisiera que este momento sea diferente. Sólo te digo Milena cuando me dolés hasta los huesos, mi minita de los tatuajes, mon amour. O cuando me enojás hasta los huesos. Desde que tenemos esta crisis cambié mis cenas por golosinas. O por no comer nada. Cada crisis es una oportunidad de ser flaca. Y no quiero ser flaca, ese estereotipo de belleza absurdo, como no quiero este tipo de crisis. En algún lado leí algo de la crisis, que es una oportunidad, un replanteo, una superación. Con vos las crisis son una muerte. Lenta, parcial. No importa. Son una muertecita.

Atrás quedaron nuestras peleas sin importancia. Hoy la pelea es tan profunda que la palabra pelea queda corta.

Sigo hablando yo, porque parece que si todo se vuelve jodido no tenés los ovarios para hablar. Te amaba hasta en eso. Te conocí así y te amé así.
-Y nada, no sé, qué querés que te diga...¿cómo se sigue después de querer besartegolpearte?

-Ay Lucero, ¿te escuchás? Novelita mexicana a full. - Ahí mis ganas de golpearte superan las de besarte. Golpeo la mesa.

-¡La puta madre, Milena, te estoy hablando en serio!-

¿La puta madre? Nunca puteo así. Digo mierda, digo carajo, pero no puteo así. Porque no me van las puteadas machistas. Pero así como no puedo controlar la irracionalidad de querer golpearte, no puedo tampoco elegir qué puteada regalarte.

Golpear la mesa, yo, la que le pido perdón a las cosas que me choco. Perdón a la silla por mi torpeza. Y golpe a la mesa por tu torpeza. Milena, ¿cómo se sigue cuando el dolor que me ocasionás sólo puede transformarse en violencia?