Supongo que todos tenemos una revolución cuando pasamos de niños a adultos. Esa transición que te desconcierta. Tu cuerpo ya no es el mismo, y no hay modo de pararlo, porque está ahí, cambiando. Y uno puede encerrarse en su habitación y seguir jugando a ser niño, pero la realidad es que no puede permanecer inmune.
Pero ese cambio no es sólo cuestionamiento, no es como a los tres años que a cada cosa que encontramos le preguntamos el por qué y las madres, sonrientes, nos llaman sus pequeños filósofos y nos acariciaban la cabeza, que estaba ahí, donde terminaba su mano, en la medida justa. La preadolescencia, como le llaman, es cuestionarse para decir no. A alguno ese cuestionamiento no les llega hasta la adolescencia, pero es el mismo período. Vemos que hay responsabilidades y no queremos tomarlas, descubrimos que no somos tan especiales como nos decía mamá y empezamos a definir la personalidad: somos fanáticos de una banda y que nadie más ose serlo, empezamos a hablar distinto, a movernos distinto y a odiar el mundo adulto.
A los 12 años tuve mi revolución, que se empezó a gestar a los 11. Fue cuando decidí que no iba a dejar que el mundo me siga pasando por arriba. Decidí que no era justo tragarme cosas, decir que si a todos para que los demás estén bien y no ver lo mismo de su parte. Y empecé a gritar, a despotricar contra todo.
En el colegio cristiano al que iba se hacían las asambleas de curso: se evaluaba por medio del diálogo cómo eran las relaciones entre los alumnos. Todos decían que eran un grupo unido y hermoso. Yo recuerdo haberme parado y decir que era una mentira, que muchos se creían superiores y que no lo eran, que solo tenían la plata de sus papis. Fue un golpe duro para los doce años. Pero no era problema del curso, era mi problema, así que me pusieron una psicopedagoga. Diagnóstico: hipersensibilidad. Mi primer experiencia con el psicoanálisis fue ver cómo una psicopedagoga delegaba un problema profundo a una persona. Quienes pregunten por qué huyo del psicoanálisis, quizás aquí tengan una primer respuesta.
No paré ahí. Me convertí en la pesada que decía todo. Mil veces. Si, estaba desequilibrada. Pasé del silencio total al bullicio continuo. Algunos todavía no habían llegado a ese cambio, quizás por eso no lo entendían.
Pero quienes mayormente no entendían mis necesidades, o al menos no tenían la misma reacción que yo eran Ayelén y Sofia. Ellas no querían gritar, al menos no todavía. No tenían ni la voz ni el coraje ni las ganas de hacerlo. Y yo lo sentía como la mayor necesidad de mi vida. Así que tuve que buscar gente que si quiera hacerlo. Y busqué dentro del curso y busqué de mi mismo sexo. Y ahí estaba: Carina.