Me hacen feliz

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miércoles, 8 de julio de 2009

Empezar a gritar.

Supongo que todos tenemos una revolución cuando pasamos de niños a adultos. Esa transición que te desconcierta. Tu cuerpo ya no es el mismo, y no hay modo de pararlo, porque está ahí, cambiando. Y uno puede encerrarse en su habitación y seguir jugando a ser niño, pero la realidad es que no puede permanecer inmune.


Pero ese cambio no es sólo cuestionamiento, no es como a los tres años que a cada cosa que encontramos le preguntamos el por qué y las madres, sonrientes, nos llaman sus pequeños filósofos y nos acariciaban la cabeza, que estaba ahí, donde terminaba su mano, en la medida justa. La preadolescencia, como le llaman, es cuestionarse para decir no. A alguno ese cuestionamiento no les llega hasta la adolescencia, pero es el mismo período. Vemos que hay responsabilidades y no queremos tomarlas, descubrimos que no somos tan especiales como nos decía mamá y empezamos a definir la personalidad: somos fanáticos de una banda y que nadie más ose serlo, empezamos a hablar distinto, a movernos distinto y a odiar el mundo adulto.


A los 12 años tuve mi revolución, que se empezó a gestar a los 11. Fue cuando decidí que no iba a dejar que el mundo me siga pasando por arriba. Decidí que no era justo tragarme cosas, decir que si a todos para que los demás estén bien y no ver lo mismo de su parte. Y empecé a gritar, a despotricar contra todo.


En el colegio cristiano al que iba se hacían las asambleas de curso: se evaluaba por medio del diálogo cómo eran las relaciones entre los alumnos. Todos decían que eran un grupo unido y hermoso. Yo recuerdo haberme parado y decir que era una mentira, que muchos se creían superiores y que no lo eran, que solo tenían la plata de sus papis. Fue un golpe duro para los doce años. Pero no era problema del curso, era mi problema, así que me pusieron una psicopedagoga. Diagnóstico: hipersensibilidad. Mi primer experiencia con el psicoanálisis fue ver cómo una psicopedagoga delegaba un problema profundo a una persona. Quienes pregunten por qué huyo del psicoanálisis, quizás aquí tengan una primer respuesta.


No paré ahí. Me convertí en la pesada que decía todo. Mil veces. Si, estaba desequilibrada. Pasé del silencio total al bullicio continuo. Algunos todavía no habían llegado a ese cambio, quizás por eso no lo entendían.


Pero quienes mayormente no entendían mis necesidades, o al menos no tenían la misma reacción que yo eran Ayelén y Sofia. Ellas no querían gritar, al menos no todavía. No tenían ni la voz ni el coraje ni las ganas de hacerlo. Y yo lo sentía como la mayor necesidad de mi vida. Así que tuve que buscar gente que si quiera hacerlo. Y busqué dentro del curso y busqué de mi mismo sexo. Y ahí estaba: Carina.

domingo, 5 de julio de 2009

La cancha en el recreo largo.

No sólo Ayelén era mi amiga, Sofía también. Pero eran dos tipos de amigas diferentes. Ayelén era femenina, dulce, tierna y me gustaba de un modo que no entendía. Sofía no. Sofía no me gustaba así, sólo como amiga. También era de las calladitas, las correctas, pero era otro estilo. Cuando Sofía se enojaba, se enojaba. Yo me enojaba y me desenojaba, porque estar enojado estaba mal. Ella era más impulsiva, pero sólo un poquito.


Sofía era masculina. Yo por momentos me sentía masculina, pero no lo era al lado de ella. Sofía iba a voley y jugaba muy bien. Usaba siempre una trenza larga hasta la cintura que nunca se la deshacía. Nunca cambiaba el peinado. No tenia cosas con Mickey y Minnie, no miraba Cocomiel. Yo miraba los Caballeros del Zodíaco y Dragon Ball pero también Sailor Moon y La Pequeña Lulú. Ella no, sólo miraba programas de nenes.


Los viernes, ya cuando estábamos en 5to A, teníamos la cancha de fútbol en el recreo largo. A mi no me gustaba porque todos los varones se iban a jugar al fútbol y todas las nenas se quedaban al costado con miedo de que una pelota les pegue. A mi no me gustaba ni una cosa ni la otra. Pero tenía a Ayelén sólo para mí.


La tenía solo para mi porque también la atemorizaba un golpe de una pelota descuidada. Y yo, sabiéndolo, le contaba cosas para que no piense en eso. O le decía que no era tan grave recibir un pelotazo. Y ella me escuchaba y parecía empezar a disfrutar los rayos del sol en la cara mientras apoyaba su cabeza perfectamente redondeada en mi hombro.


A Sofía sí le gustaba jugar al fútbol. Era un varón más. Jugaba muy bien y todas las chicas la alentábamos, algunas por miedo, otras porque sentíamos que nos representaba. Digamos que era un decresendo de la más femenina a la más masculina: Ayelén, yo, Sofía.


Yo, siempre en los medios.