lunes 8 de febrero de 2010

El tesoro escondido.


Le dije a mi alma, quédate
quieta espera sin expectativas,
pues tenerlas supondría esperar
erradamente; espera sin amor,
pues sería amor a cosa equivocada;
hay todavía fé, pero la fé
y el amor y la esperanza consisten
en esperar. Espera sin pensar,
pues no estás aún preparada
para el pensamiento: la oscuridad
será, así, la luz y la quietud la danza


T. S. Eliot, Cuatro cuartetos



Pasé todo enero viajando. Viajar siempre cambia algo. Será el cambio de escenario, disponer todo el tiempo para hacer lo que uno quiera, ver lo que no es habitual o tener una perspectiva diferente, conocer gente nueva aunque sólo sea de vista al pasar por el pasillo de un hotel o en la carpa de al lado. Quizás simplemente es que uno se relaja y deja que todo eso influya y es más libre. No sé qué será, pero no encontré persona a quien no le guste viajar.


Fui a las sierras y también al mar. Dos paisajes que presentan una inmensidad que siempre están presentes. Inmensidad que tenemos en nuestros pensamientos y los matices de los sentimientos. Como humanos tendemos a plasmar todo lo que nos pasa incluso en aquello que pudiera pasar por neutro, a entender un atardecer como una forma de tristeza sólo porque le tememos a los finales y a la agonía.


No estuve exenta de esa conducta. Ver la playa me recordó a mi misma. Vi lo que los humanos podemos buscar en la playa. Algunos simplemente iban a tomar una cerveza con amigos y reír. Otros buscaban ser vistos. Vi un hombre con un extraño aparato que en voz baja confesó estar buscando oro y se fue rápido cuando su artefacto hizo un sonido similar a un ringtone viejo. Una mujer muy de madrugaba hacía un posito con un balde al lado lleno de almejas. Y me vi a mi misma sin buscar nada. Viendo cómo todo eso venía a mí, como me topaba y como el tesoro para mi era la misma playa y no el oro de los piratas.


Inevitablemente pensé en Pablo. Como solo podemos entender una película en su complejidad al terminar de verla, sólo podemos entender el dolor sin reproches al superarlo. Asimilarlo, entenderlo y seguir, cuando pasó el tsunami. Y después revemos la película (en la pantalla o la de nuestra propia vida) y revemos los detalles importantes, los presagios que siempre estuvieron ahí o paralelismos, siempre atravesados por esa sensación primaria que es la más fuerte de todas.


Después de Pablo, tuve menos expectativas en todo. Dejé mis idealismos y utopías. Suena horrible y creía que era horrible hasta hace poco. Entendí que todos, en algún punto, tenemos que dejar lo ideal por lo real. Porque lo real tiene mucho que lo ideal no. Lo real supera lo ideal.

Dejé de confiar en la gente como antes. Ya no creía que todos eran asombrosos y buenos. Al contrario, no esperaba nada de nadie. No tenía expectativas más que en mi misma y en aquellos en que confiaba y conocía bien. Y aunque fue duro, sirvió muchísimo. Dejé que las personas me muestren lo que eran sin autoritariamente exigirles que cumplan con mis ilusiones. Dejando que todo pase entendía mejor todo. Por eso vi que el tesoro era la playa, que no tenia que excavar para encontrarlo ni enojarme si no estaba. Porque siempre estaba. Siempre había algo bueno.


Volver de la playa fue un cambio también. Fue recordarme toda esa sensación de paz que me da el dorado de los rayos del sol y no enojarme porque me hace mal en la piel, como la gente que me encandila con lo bueno y me lastima con lo malo. Cuando volvi acepté un cambio: dejar de teñirme de negro. Cambié al rubio. Pero algo más cambió en mí: después de meses volví a escribir con lapicera y no con la yema de mis dedos en un lejano teclado que se plasma en un monitor. Volví a lo que dejé lejano por motivos que no entendía y acepté que eran partes mías. La experiencia con Pablo fue una lisa y llana y mierda, que me marcó con una hora más que meses en mi vida. No lo escondi en alguna parte de mi cerebro, no me resentí. Lo tengo ahí como aprendizaje. Y lo demás vendrá solo.

miércoles 13 de enero de 2010

El mundo se divide en:


No creo que mi experiencia en forjar la personalidad sea única. Muy por el contrario, creo que es demasiado común: ser pasivo, ser bueno, aceptar todo como dice mamá. Querer encajar, sufrir, odiarse a uno mismo. Replantearse las cosas. Ahí se abre dos caminos: uno empieza a conocerse y definirse y se banca que le digan que es raro, inadaptado, quejoso o trata de adaptarse un poquito aunque siempre va a sentir una parte suya que no encaja.


Las mujeres tenemos tendencia a ser caóticas. Si elegimos la primera opción, vamos a exagerar lo bien que estamos con nosotras mismas. Y eso puede ser criticar todo lo que no somos: esas barbies de la tele que se pelean por el futbolista con sueldo millonario de turno. O llenarse de tatuajes. O leer libros que no sean de autoayuda y empezar un curso de arte.


A las que se quedan en la segunda opción, el mundo se les viene abajo demasiado seguido. Cuando cortan con el novio y comen chocolates en cantidades industriales. Cuando un jefe les grita. Cuando les viene. Cualquier opción es buena para desbordarse y quedarse mirando a Bridget Jones.


Hay un pequeño grupo del medio que se resiste a las clasificaciones binarias. Ése es el grupo que me gusta. Ése que me dice que no, que puedo ver eso y reírme, o tomarlo como un juego, pero nada más. Que el mundo y las personas son mucho más complejos. De todos modos, si tengo sólo estas dos opciones, me ubicaría en la primera.


Después de Pablo, pude entender que por muy mala que me creyera, era bastante inocente. Repudiaba a las mayorías por masificarse y volverse estúpidas, me oponía a un estilo de vida simplista y cómodo, pero sobretodo, no creía en la gente. Entendía que todos estaban en la vereda de enfrente, en los caóticos que intentan las cosas a medias y se desbordan todos los meses. Caóticos egoístas que como no se querían ni conocían lo suficiente, usaban a los otros para compensar. Pero más allá de pensar que la mayoía de la gente era así, me ilusionaba bastante fácil cuando conocía a alguien, no pensando en un futuro juntos con perro incluido, sino pensando que quizás no fueran tan malos. Y a veces no eran tan malos, pero otras veces si lo eran. Por eso pensé que era seguro encontrarme con Pablo, porque teníamos amigos en común o porque se mostraba copado en mis historiales de conversación.


A Pablo lo conocí a los diecisiete años, edad en que uno suele creer que ya conoce el mundo entero y su personalidad está hecha. Mentira, uno nunca está hecho y mucho menos sabe todo acerca del mundo. Pero eso lo sé ahora que voy contra las opciones binarias. Y dentro de los grupos de personas, a Pablo lo puse en el primero, porque era distinto a los demás. Sí, era distinto, pero sólo por fuera. Encajaba sólo en parte en mi separación de personas. Porque iba en contra de una estética establecida y del trabajo de oficina, pero también era un egoísta que lastimaba gente. Como me lastimó a mi.


Aunque no había caído en las ilusiones de MSN, aunque no creía mucho en la gente, aunque no esperaba nada que me encandile con su magia, nunca pensé que una persona me iba a obligar a hacer algo que no quería. Muchísimo menos creía que alguien podría impunemente criticar muchas cosas por ser malas pero hacer una que era peor que todas esas juntas.


Cuando lo supe, entendí la estupidez de dividir a la gente en “en el mundo hay dos tipos de personas:”. Ví mujeres superadas que a pesar de sus tatuajes, también se desbordaban fácilmente. Y vi otras que parecían jugar el rol de la que encaja pero secretamente tenían otra estrategia: la de ser lo que querían ser cuidando que sólo los que querían se enteren, para que el mundo no les rompa las pelotas. Acá iría una frase que cierre la entrada, que diga entonces entendí que, a modo de moraleja. No puedo sacar una sola moraleja de esa situación. Porque saqué demasiadas. Porque las sigo sacando, aunque no las sepa expresar. Y no las sé expresar, porque siempre las palabras me parecieron algo hermoso. Y no puedo hacerlas encajar en algo tan horrible.

Blog Widget by LinkWithin