Me hacen feliz

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domingo, 26 de febrero de 2012

Dueña de palabras y esclava de silencios.


En mi necesidad de poder bajar la ansiedad que me generaba el silencio, decidí repensar por qué le tenía esa fobia. Supe que se llamaba sedatefobia y eso no me dijo absolutamente nada. Lógico, ¿no?. Entonces usé el único recurso que se me ocurrió que podía usar: revisar mi pasado.

Papá siempre fue un gran misterio para mí. La imagen que primero se me viene a la cabeza cuando me lo nombran es él sentado en la mesa, después de laburar, con una botella de vino en una mano y una copa en la otra. Una luz que siempre califiqué de tibia, aunque no sé si es un adjetivo que aplica a la luz. Y la mirada perdida. En ese cuadro de situación nunca hubo palabras. Papá nunca tuvo palabras.

Esa instantánea se vuelve un corto cuando se cruza con mi vieja. Ella queriéndolo ayudar, queriendo saber qué le pasaba. Y las peleas, que nunca pasaron por golpes o por lo monetario. Peleas, palabras, por el silencio. Contradictorio, ¿no?. Ésa fue mi infancia. Escuchar mi madre elevando el tono, como queriendo suplir la carencia de palabras de mi viejo.

Hoy papá y mamá no están juntos. Se separaron cuando yo ya era mayor. Cuando pienso en divorcio se me viene a la cabeza un tema de Massacre. Y no es eso lo que sentí. No sé qué sentí. No hablé del tema con mis viejos. Sentía que era una decisión en la que no me tenía que meter. Sé que pensé que estaba bueno no haber pasado por eso de más chica. Y no sé si es cierto. Pero no seguí pensando. Sólo desee que ellos pudieran encontrar la felicidad.

Una frase que escuché algunas veces es Uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Para mí es al revés. Soy dueña de mis palabras, me hago cargo de cada una de ellas. Y soy esclava de lo que callo, no porque no tenga qué decir, sino por no animarme a decirlo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Preguntas y certezas.


El otro día mi primo me preguntaba cómo sabía que no eras una amiga con la cual estaba confundida. Yo no le dije mucho, le respondí que simplemente lo sabía. Después me quedé pensando. Y sí, sé que no sos mi amiga, o que sos mi amiga pero además sos muchas muchísimas cosas más. Porque con mis amigas no existe la curvatura de mi mano hecha a medida para posarse en su cintura. No hay un imán entre mi mano y la suya y la necesidad de los dedos de entrecruzarse porque saben que encastran cual rompecabezas los espacios libres entre esos dedos. Y cuando conocí a mis amigas no me importaba saber qué voz ponen cuando hablan con los perros, si huelen el té o café antes de tomarlo, dónde se ubica el remolino de su pelo. Si me pregunto algo sobre mis amigas, es si andan bien, o si puedo darles algo para ayudarlas. Con vos me pregunto eso, pero también cuando te acercás me pregunto qué humor tendrás, si vas a preferir sumergir tu mano en mi marea revoltosa de pelos o si hoy preferís la orilla. A mis amigas cada vez que les hago un café les pregunto cuántas cucharadas de azúcar; sé que vos ponés siempre dos, excepto cuando tenés resaca que le ponés tres. Entonces te despierto susurrándote que el café está listo y tu cara deformada de sueño no quiere hablar, entonces riego las plantitas de marihuana y les hablo en un falso francés, bajito, para no aturdirte.Y cuando estás bien despierta y de buen humor, me abrazás por atrás cuando miro la ciudad por la ventana, desde arriba, pensativa, y me doy vuelta y te beso y me decís que vos también querés ese falso francés.

Y entre todo eso tan tuyo y tan mío, una certeza: un discurso nunca va a poder competir con una práctica, por eso no necesito que me digas te amo, porque sé, por las prácticas, que me amás.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Etcétera.


Toda relación implica una negociación. Ella cocina, yo lavo los platos. Yo no la quiero convencer de que milite, ella no critica los métodos electoralistas. Mi jefe no me grita, yo le sonrío. Le hago el aguante a una compa del laburo quedándome yo hasta tarde cuando en realidad le toca a ella, y ella cuando lo necesite yo, va a hacer lo mismo. Saludo al vecino, me presta el pico de loro. Etcétera.

Mi vieja, la grosa grosísima de mi vieja, me banca lo que siento por la mina que me corta la respiración y la rosca mental. Yo tengo que bancar lo que siente por los pelotudos de sus familiares: ir a las reuniones, callarme la boca con sus facho-comentarios, sonreír como una gila cuando me dicen ay pero si tenías mucha capacidad para terminar la universidad.

Mantras: Lucero no gastés pólvora en chimangos. Lulita, es tirarle margaritas a los chanchos. Pero piba, ¡no ves que hay que contar hasta mil si es necesario! Giles hay en todos lados, no des bola. Laputaqueteparió, no respondo porque voy a la cárcel. Etcétera.

Pero no soy oriental, a mí los mantras y la templanza se me terminan. Y miro a mi vieja, feliz de que vaya a esas reuniones de mierda. Entonces no digo nada. Me voy al baño y, como cuando era chica y fantaseaba con la actuación, frente al espejo del baño ensayo lo que les diría, si alguna vez decidiese dejar de mirar para otro lado. ¿Vos decís que los homosexuales son enfermos cuando no dejás a tu hija maquillarse porque es de puta? ¡Y vos abuela dejate de romper las pelotas con casarse y tener hijos! ¡Che vos, pelotudo, ¿qué te calienta lo antinatura? No lo ejerzas y listo. Etcétera.

Me quedo una horita más, tomándoles todo el alcohol y me retiro elegantemente. En la calle me espera mi chica de los tatuajes, con su sonrisa y esos pelos desordenados. La beso como en una peli, levantando el pie en el envión de acercamiento y nos vamos caminando de la mano, con el ruidito de los tacos en la vereda. Y si me preguntan si soy torta, diré que me enamoré de esa mujer que alegra mis días. El resto no lo sé. Mientras, negocio conmigo misma y entiendo que tanta bronca no vale la pena si después a esa gente no la veo más y la que siempre veo, mi chica de los tatuajes, me espera para hacerme olvidar de todo en el segundo que posa su mirada en mí.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Barquitos.


En mi adolescencia quería una pareja Sid y Nancy: peligrosa, llamativa, chocante desde la estética y desde la acción, diferente a todo parámetro. Quería el vértigo de lo prohibido, la exuberancia del todo o nada. Con la mina de los tatuajes no quería eso. No quería una muerte, ni siquiera simbólica -un amor marcado por los excesos que durara poco. Lo que quería con ella era una relación del tipo Sarte y Simone, en la que se comparte más que la S del comienzo. Quería dialéctica y compromiso, reinventar la moral y si había que oponerse, hacerlo realmente y no por ser una postal de pareja rotosa tirada en el piso.

Y el compromiso era amarla en el departamento mientras me cebaba unos mates y amarla afuera en la calle mientras hacía golpear los dedos abiertos contra las rejas de las casas mientras caminaba.

Sabía que podía darle mil besos en la calle y que no me importe, pero lo que me costaba era mi familia, precisamente mi vieja. Me daba miedo que todo el apoyo que siempre me dio se esfumara de repente. Me animaba diciendo que lo que me dio miedo alguna vez me ayudó a crecer, a seguir, etc. Entonces cité a mamá en un café y mientras la esperaba hacía barquitos con las servilletas de papel. Un barquito, tres barquitos, diez barquitos. En cinco minutos. Uno tras otro, la moza me miraba mal y yo no podía parar de hacer barquitos. Llegó mi mamá, me miró con ternura, me sacó el servilletero y me dijo “Está todo bien, Lucerito”. Y ahí volví a respirar normalmente. Mamá siempre supo tranquilizarme, de una pesadilla o de la realidad.

Entonces le dije “mamá, estoy enamorada de una mujer”. Mamá abrió grandes los ojos, pero no dijo nada. Dos segundos después preguntó “¿Te hace feliz?” y ruborizada le dije que sí. “Entonces está bien”, agregó. “No quiero que sufras más, demasiado tuviste con tu papá y conmigo, y si sos feliz, yo soy feliz también”. Mamá era la única persona que me podía hacer llorar de alegría. Y lloré un poquito, medio tragándome los mocos, de orgullosa. Mamá me hizo un barquito y lo metimos junto con los míos en la taza de café vacía. Y nos fuimos, abrazadas. Mamá hacía que lo complejo se volviese muy simple y que lo pesado se esfumara en un segundo.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Dichos.

Mi abuela dice:

Esta bien que sean putos o tortilleras pero yo no quiero ver, que se lo guarden para ellos, a mi no me gustan esos besos, que vayan de la mano. Me choca. Igual lo que más me choca son las tortis esas del barrio, ¿viste que dicen que la Yamila se embarazó de un hombre para tener al crío con la otra, a la que parece un macho, esa de bigote? Ésa…la que trabaja bajando bolsas de papas en los chinos. Y claro, es torti, ¿ de qué va a trabajar?. Dicen que usa una faja para que no se le noten las tetas y no me extrañaría eh, ¡si parece un hombre! Y viste el nene hace poquito empezó a hablar y a la torti macho le dice “papá”. ¿A vos te parece?


Mi otra abuela dice:

Yo rezo por ellos, porque no saben lo que hacen, se dejan llevan por la lujuria, porque probar cosas nuevas…¿Viste esos chicos que tienen todo y no disfrutan de nada y por eso terminan en las drogas? Bueno, lo mismo pasa con los que se hacen gays. Están perdidos, pero si rezamos por ellos dios los va a ayudar para que puedan volverse normales. Yo no rezo mucho pero un poquito todos los días mientras cocino o limpio no me cuesta nada y a ellos les sirve mucho.Y tenemos que ayudarlos porque nosotros sí sabemos que lo que hacen está mal.


Mi abuelo dice:

Éstos son enfermos, ¿Por qué no van al sicólogo y se dejan de joder con tanta cháchara?


Mi tía dice:

Cuando me enteré que Marcos era puto le dije a Tomi que no se junte más con el, tampoco que lo cargue o lo moleste y esas cosas, pero que no se junte, mirá si a mi Tomi le terminan gustando los hombres. Y cuando me encontré con la mamá de Tadeo le conté, no por chusma, es por precaución. Y eso que tengo compañeros de trabajo que son homosexuales y los respeto, pero entendeme a mi, yo quiero cuidar a mi hijo.


Mi hermano dice:

No les des pelota a ninguno, viven en el siglo XVIII.


Después de verme en la tele en la marcha del orgullo


Mi abuela dice:


Ay querida, yo entiendo que sos así como muy revolucionaria, que tenés ideas de ahora que yo no entiendo y eso pero ¿te hiciste tortillera? Yo de chiquita te veía y pensaba que por ahí había algo raro porque tenías las pinturitas de Barbie que te regalábamos y no las usabas y te ibas a jugar al fulbo con tu primo o que usaste siempre el pelo corto o que leías mucho de esas como que yo no entiendo pero no pensé que te ibas a hacer tortillera porque venís de una familia diferente, que te educaron bien. Yo no sé qué te pasa…


Mi otra abuela dice:


Me parece muy bien que te solidarices con los que están mal, pero así no es la forma, vos pensá que acá todo el mundo se acuerda de todo y todo el que te vio en la tele va a decir “ésa es lesbiana” y te van a señalar y quizás no te den trabajo. Bah, tomalo por hecho, entre una persona que se dice que es gay y otra que no se dice nada el patrón elije a la que no es gay. Es cuestión de…principios.


Mi abuelo no dice nada.


Mi tía dice:


Vos sos como mi Tomi, vos querés ayudarlos, pero fijate que te puede hacer mal a vos.


Mi hermano dice:

Que te chupe un huevo todo.


Y yo, que siempre digo todo, de repente no tengo ganas de decirles nada.

viernes, 23 de abril de 2010

Todavía recuperable.


Días después de haber pisado por primera vez el puticlub, me encontré con Tomás, un amigo con el que iba, tiempo atrás, a elantro. Estaba sentado en la vereda tomando cerveza, me acercó la botella y me senté a su lado un rato. Mientras charlábamos y tomábamos birra, asomó esa pregunta típica entre amigos que no se ven hace mucho.


- ¿Estás saliendo a algún lado?


- Mmmm no mucho, el sábado conocí el puticlub.


- Ahhh ¿y qué tal está?


- Está bueno, hay de todo, ¿viste?


- Claro…no sabía que eras lesbiana.


- ¿Eh?


- Y…si vas ahí…es porque te gustan las chicas, ¿no?


- Jajaja no tiene por qué ser así.


- Boeeeno, yo pensaba que eras bi, porque en elantro ya andabas con chicas, pero qué sé yo, por ahí era una etapa nada más.


- Ja, no creo.


- ¿O sea que sos lesbiana?


- No sé.


- Ah entonces sos bi.


- No sé.


- Bueno, al menos siendo bi en algún momento te podés rescatar…es…recuperable.


- Chau, Tom, nos vemos.


- … ok…chau.