Me hacen feliz

lunes, 14 de septiembre de 2009

De rosa a morado.

Llegó puntual. Lo reconocí por su forma de tocar el timbre: uno corto y uno largo. Lo atendí en la puerta, como dos extraños. Esa puerta que alguna vez cruzó y, con esa entrada a mi casa, entró también a mi vida.


Pero a diferencia de la puerta de mi casa, esa de madera y tan tangible, la puerta que yo le abrí hacía un año y medio atrás era mucho más delicada. Y no respondía a mis intervenciones: no se abría cuando ponía una llave ni se cerraba al empujarla. Esa puerta a mi vida se abría y cerraba cuando estaba lista, incluso cuando yo no era consciente de eso. La puerta, en ese momento, estaba arrimada, pero no cerrada. Y que necesitaba cerrarse para poder seguir, para que no me lastime.


Con Ro fue diferente. Ella era una puerta, también, pero una puerta de percepción. Me hizo entender nuevas cosas del mundo, me dio besos que sólo veía en películas pero no me dio amor. Sólo fue la primera en muy pocas cosas. Con EL tenía una vida armada. Los cimientos los habíamos construidos juntos. Por eso la puerta tardó más en cerrarse. O mejor dicho, la puerta necesitaba cerrarse mientras que la de Ro no me lastimaba estando abierta, porque aún sin cerrarse me seguía enseñando cosas.


- Aunque ya te lo dije, necesito decírtelo de nuevo, ahora que estás más calmado. Necesito un tiempo.


- ¿Qué es un tiempo? ¿Cortamos?


- No. No te veo por un tiempo, pero sigo siendo tu novia.


- Pero... ¿es que querés estar con otro?


- ¿Quééé? No estás entendiendo nada. Quiero estar conmigo. Quiero pensar sin que interfieras. No simplifiques todo.


- Bueno. ¿Pero por qué querés un tiempo?


- Te lo dije ayer. Todo eso y esto.



Le mostré mis muñecas. Tenía moretones, de esos que comienzan a formarse. Miró el color rosa que recién empezaba a tornarse un poco violáceo. Colores que nunca había visto en mi cuerpo. Colores que eran lindos en general, pero al verlos en mi piel y todo lo que decían sin palabras eran lo más horrible del mundo.


Quedó igual de sorprendido que la tarde anterior cuando dije que quería un tiempo. Entonces se lo dije:


Esto es lo que me da miedo. Vos me das miedo. No puedo estar con alguien en una relación así. Y no sólo me das miedo vos, me doy miedo yo. La persona en la que me convertí. ¿Cuándo adquirí esta simbiosis? No es sólo el hecho de estas marcas, se van, pero esta relación enfermiza no cambia, lo hablamos mil veces y seguimos en la misma. No puedo más. Sé que yo misma me sofoco, pero lo prefiero a que me sofoques vos. Nos vemos en una semana.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Dos por uno.

Lo vi temblando, nervioso. Me acerqué para saludarlo y me abrazó. No fue de esos abrazos cariñosos en que los cuerpos y los brazos parecen haberse creados para ese momento de cariño y protección; no, era un abrazo que me retenía, que me clavaba a su lado, que me decía que no me vaya y que me hacía sentir que efectivamente estaba temblando y no era una ilusión mía.


Me dijo que teníamos que hablar.


- Que suerte - respondí- pienso lo mismo, pero, dale, empezá vos.


- Bueno, mirá, vengo del cyber. Revisaste tu cuenta y la dejaste abierta así que fui a cerrarla y vi que habia un mail...un mail de un chico. Un chico que te decía sus horarios para que se vean y estoy mal, ¿entendés? ¿Por qué no me dijiste que estaba con otro?

Yo me acuerdo perfectamente que cerré la sesión. Me revisaste la casilla. No pensé que eras capaz de tanto.


- ¡No me desvíes el tema! ¡Contame YA quien es ese Emmanuel!


- ¡Calmate! ¿Sabés quién es Emmanuel? Un amigo del chat. Si, eso. ¿O no te diste cuenta que no puedo tener amigos por tu culpa? ¿Qué me tengo que refugiar en esas cosas para poder charlar con un hombre? ¿Que me hace mal que ni siquiera pueda ir a bailar porque tu inseguridad no te permite pensar que esté en el mismo ambiente que otros hombres sin que vos estés ahí?


- ¿Para qué querés hablar con un hombre si tenés novio? No me mientas, me estás corneando con el...


- ¡No entendés! No tengo necesidad de tener a otro además de tenerte a vos, sólo necesito un espacio donde no estés vos, tener mi vida propia, ¡somos un dos por uno! Somos el tipo de pareja que siempre desprecié y te dije mil veces lo mal que me hace y siempre es lo mismo. Me siento en una canción de Luis Miguel. De eso quería hablarte. Quiero un tiempo.



El silencio no duró segundos. Fueron minutos. Minutos en los que me miraba a los ojos, duro, sin saber qué decir. Quizás esperaba que le diga que fue algo impulsivo. Quizás quería intimidarme para que dé un paso atrás. Pero yo estaba decidida. Creo que notó que ya había dicho todo y estaba decidida a cambiar de espacio y estar sin compañía.



- Vos no te vas a ningún lado, vamos a hablar y vamos a solucionar todo, como siempre lo hicimos.- Mientras me lo decía, agarraba mis manos fuertísimo. Fue ahí cuando me di cuenta que la protección que de él me gustaba, estaba volviéndose en mi contra.


- Soltame, boludo, estas haciendo una escena.


- ¿Un boludo? ¿Una escena? ¿Eso soy para vos?


- Soltame. No te estoy hablando en joda. Soltame YA.



Creo que nunca estuve tan tensa. Y lo debe haber notado, porque me soltó y se largó a llorar. Lloró como nunca vi llorar a un hombre. Y salí corriendo. No corrí de él únicamente, corrí de su violencia, física y psíquica.



Corrí hasta llegar a la casa de mi abuela. Le dije que cualquiera que pregunte, no estaba. Y cuando él me fue a buscar, ella me hizo caso. Me mandó cientos de mensajes, me llamó y yo no contestaba. Sólo mandé uno: andá mañana a casa, a las 8 así hablamos. En realidad ya no tenía más confianza en el diálogo porque lo que él me había demostrado era que no servía si no iba acompañado de acciones.



Esa noche fui yo la que lloré como nunca. Hablé con mi mamá como no hacía desde chiquita, cuando estaba muy asustada o la seño me había retado y ella me tranquilizaba. Hablé y me di cuenta de que la mierda de esa situación me ayudaba a madurar, a acercarme a mi mamá, a darme cuenta de qué era lo que quería. Al día siguiente le iba a seguir hablando. Pero ese día de septiembre debía dormir, con la lluvia cayendo, anunciando un nuevo comienzo.