Con el tiempo no solo la carencia de sexo se transformó en un problema sino que además hubo otro ingrediente negativo: EL se volvió posesivo. Quizás lo fue desde el comienzo pero sólo después de un tiempo pude darme cuenta, después de pasar la idealización de los primeros momentos juntos, la sorpresa de sentirse querido y entendido.
Yo solía pedirle que nos veamos menos, pero aparecían planteos del tipo no me querés mas o sabía que me ibas a dejar que era un dolor de cabeza en vano, porque a los días buscaba motivos para hacerme sentir culpable por no tener sexo y volver a estar muchas horas juntos. Y como era mi primera experiencia, no sabía bien qué tenía que permitir y qué no, o qué era amor y qué no.
Y de tanto tiempo juntos fue que surgió el automatismo. Es muy fácil que te pase eso con una canción que la escuchas tanto que ya no te causa más esa sensación que te llevó a repetirla mil veces. Le pasaba a mis amigas que bailaban brasilero en esa época que de tanto hacerlo una y otra vez, lo hacían sin saber qué pasos hacían, mecánicamente. Te pasa cuando estás apurado y ponés la pava en la heladera. Pero si te pasa con una persona, es lo más cruel que hay. Es tratarla como objeto, es quitarle todo su valor, es no entender la complejidad de las personas. Es lo mismo verla o no. Hablarle o no. Está ahí y tenés tanta seguridad, que pareciera que no te importa.
Lo había pensado mucho y ya no podía soportar más esa situación, ese sentimiento de persona fría. Y sabía que si se lo planteaba, iba a seguir manipulándome. Y dije basta. Después de un año y medio de casi no pensar en mi, finalmente dije basta. No podía soportar cómo absorbía mi personalidad, cómo ponía por encima la comodidad sobre mi felicidad. Porque tener un novio me daba seguridad, esa que yo no tenía. Si estaba triste, ahí estaba él, a mi lado. Si me sentía fea, me decía te amo y de repente no importaba nada más. Si quería hacer cucharita o dormir la siesta, el estaba conmigo. Pero para mi llego a un punto en que no fue suficiente.
Era septiembre y ya empezaba el calor. Me iba a buscar a todos lados, así que ese día sabía que iba a estar a la salida de dibujo. Siempre estaba, aunque le diga que iba a hacer otra cosa, él me acompañaba.
Durante todos los trazos del óleo ninguno fue pensando en la textura, las luces y sombras, ni siquiera en el color. Sólo pensaba en las palabras, las reacciones, las miradas. Me sentía en su lugar cuando me confesó lo que sentía por mí: estaba nerviosa, no podía concentrarme y miraba el reloj a cada rato, aún sabiendo que el reloj no iba a apurar su paso.
Pero cuando salí, no pude decir palabras, él tenía un montón ya preparadas.